CARLO Y GILDA MORELLI

 

 
Carlo y Gilda Morelli
 
 

Carlo y Gilda Morelli

 

 

 

Gilda Morelli In Memoriam

 

Incansable impulsora de los jóvenes cantantes mexicanos. Gilda Morelli presidenta y fundadora de Carlo Morelli A. C y del Concurso Nacional de Canto Carlo Morelli, desafortunadamente se nos adelantó en agosto de 2008. Ella fundó en 1980 el concurso de canto con mayor trascendencia y relevancia de nuestro país, en memoria y homenaje a su esposo, el gran barítono chileno Carlo  Morelli. Desde entonces, y hasta la fecha, el certamen ha apoyado a dos generaciones de cantantes que hoy triunfan en México y en los más importantes escenarios internacionales, gracias al infatigable entusiasmo de su creadora.

Gilda González de Cosío de Morelli (1919-2008), estudió canto con la famosa contralto mexicana Fanny Anitúa y posteriormente con Carlo Morelli en el Conservatorio Nacional de Música. Realizó su debut como solista en 1954 en la ciudad de Monterrey, Nuevo León, cantando el papel de Siébel en Fausto, al lado del célebre tenor italiano Giuseppe Di Stefano.

Fue integrante del Coro de la Ópera de Bellas Artes y actuó como solista para las temporadas de la ópera nacional e internacional en producciones como Boris Godunov (Feodor), Madama Butterfly (Suzuki y Kate), Gianni Schicchi (Ciesca), Il barbiere di Siviglia (Berta), Die Zauberflöte (Tercera dama), Suor Angelica, Cavalleria Rusticana (Mamma Lucia), La traviata (Flora), Il trovatore, (Ines), Misa de seis (Carmelita), Die Walküre, Dialogues des Carmélites, (Sor Matilde) y Manon (Javotte), entre otras. Se retiró en 1971 cantando el papel de Flora en La traviata, al lado de la soprano Renata Scotto.

Como directora de escena debutó en 1980 dirigiendo en el Palacio de Bellas Artes la ópera La bohème. Desde entonces, y hasta 1995, dirigió en numerosas temporadas de ópera en la ciudad de México y en el interior del país, títulos como Tosca, Madama Butterfly, Sansón y Dalila, Carmen, El empresario, Aida, Rigoletto y Un Baile de máscaras.

La encomiable labor de Gilda Morelli al frente del Concurso Nacional de Canto Carlo Morelli, fue reconocida con el Diploma anual de la Unión Mexicana de Cronistas de Teatro y Música; con la Medalla Mozart, concedida por la Embajada de Austria en México; con la placa conmemorativa otorgada por el INBA con motivo del XXV Aniversario del Concurso, así como con la Medalla de Plata del Instituto Nacional de Bellas Artes, concedida por sus 25 años de incansable actividad como presidenta de la más significativa competencia vocal de nuestro país.

En su memoria, a partir de la Edición 2008 se instituyó el Premio Gilda Morelli a la Mejor Interpretación para aquel o aquella cantante que haya realizado la interpretación más convincente a nivel vocal, pero sobre todo histriónico, de alguna de las arias elegidas, logrando expresar de manera adecuada los sentimientos del personaje y transmitir sus emociones al oyente; aspectos ambos en los que la maestra Morelli siempre hizo hincapié en su labor como directora de escena.

Vaya para la querida e inolvidable Gilda, allí donde se encuentre al lado de su amado Carlo, nuestro cariño y agradecimiento imperecederos.

 

 
Gilda Morelli
 
 

Gilda Morelli

 

 

Recordando a Carlo Morelli

 

Esbozo biográfico compilado por Francisco Méndez Padilla a partir de escritos de Octavio Sosa y Salvador Aulló, y entrevistas realizadas al cantante por Mercedes Padres y el crítico Hans Sachs.

 

Carlo Morelli es ya una leyenda; baste esta breve semblanza para mostrar el calibre del artista que da nombre al concurso de canto más importante de México.

Nace en Génova, Italia, el 25 de diciembre de 1895, en el seno de una familia acomodada. El padre, Ottorino Zanelli es un conocido comerciante con suficientes medios para darse el lujo de viajar y tener una hermosa residencia. Su madre, Margarita Morales, toca el piano y acompaña a su esposo, poseedor de una hermosa voz de barítono. Son seis hombres y una mujer el grupo de hermanos que completan esta familia que siendo Carlo niño aún se traslada a Valparaíso, Chile, y adopta la ciudadanía de aquel país.

A los doce años, Carlo, un muchacho de buen carácter, un poco soñador, confiesa a sus amigos que él siente que todas las cosas tienen vibraciones; que por sus dedos se desliza cierto poder que proporciona consuelo a los enfermos. Su hermano Armando posee una bien provista biblioteca y el pequeño Carlo comienza a interesarse por la metafísica; le apasiona el conocimiento del ser y sus principios. Así es como, hora tras hora, sin salir del cuarto-biblioteca, estudia con afán, con verdadera ansia, complejos libros de teosofía, interesándose por las cosas relativas a la Divinidad y a sus misterios. Semejante búsqueda no habrá de abandonarlo nunca; lo llevará hasta la India cuando el hombre, con el mismo deseo del niño, ha crecido en experiencia.

Estudia en Lauzanne, Suiza, el tercer año de primaria; tiene apenas doce años cuando entra a la marina de guerra de su patria y posee ya una vasta cultura; a los 17, cuando los chicos normalmente se incorporan a la marina, él ya es oficial e ingeniero naval. Para entonces su padre ha muerto; ese fue su primer gran dolor. Muchos otros habrán de acompañarlo después, en el triunfo. “Siempre llegó el dolor con el éxito. Cuando en los momentos en que saludaba al público sonreía, este público no se daba cuenta de que a veces al artista lo acompaña el sufrimiento; pero éste siempre nos va superando y afinando el espíritu”. Esta fue siempre su principal preocupación; no dejar que las cosas materiales se adueñen del espíritu: por eso su proverbial bondad, su rostro siempre sereno.

Viaja a Estados Unidos, donde estudia ingeniería civil y obtiene su título en la Universidad Unn Harbor, de Michigan. De ahí regresa a Chile a estudiar canto con Angel Querzé, y posteriormente en Italia con el maestro Mugnone. Su hermano mayor, Renato Zanelli, era ya por ese tiempo un cantante famoso. Reputado como el más grande Otello de la época, sus triunfos en la Scala de Milán reviven el viejo fervor que ha sentido Carlo desde la infancia. Cambia el Morales del apellido materno por Morelli y su voz causa asombro a los más reputados y exigentes maestros.

En 1922 debuta en Italia como Tonio en I pagliacci de Leoncavallo; al terminar, un público conocedor le aplaude de pie, entusiasmado; empieza a conocer la sed de triunfo y recorre los mejores escenarios de Europa: La Scala, Viena, Hamburgo, Londres... Se suceden los contratos y las solicitudes de todas partes, y se volvió célebre el Scarpia que cantara en Viena al lado de la legendaria Tosca rubia de Maria Jeritza, favorita de Puccini. La prensa de los Estados Unidos le dedica amplios párrafos elogiando su voz y su exquisita sensibilidad, con su prestancia de gran actor.

 

Ante su Piano
 
Cuadros

Ante su piano Blüthner

 

Con sus cuadros

 

A lo largo de su dilatada carrera, Carlo Morelli cantó 59 papeles en 56 óperas de 33 autores y en cuatro idiomas diferentes: italiano, francés, español (Las golondrinas, La vida breve y María del Carmen) y vascuence (Mendi-Mendiyan); de algunas óperas abordó dos personajes: Tonio y Silvio en Pagliacci, Alberich y Gunther en Götterdämmerung. Otras óperas, como Carmen y Faust las cantó tanto en italiano como en francés, o como Il barbiere di Siviglia, cuyo Figaro interpretó en italiano y en su versión al español. En 1923 cantó en el Teatro Carcano de Milán Il trovatore, La traviata y Pagliacci. Después de presentaciones en Florencia, Palermo y Venecia, hizo su debut en ese mismo año en el Teatro Costanzi de Roma con La vestale, de Spontini. Siguieron nueve funciones de Salome, en el papel de Jokanaan, de las cuales ocho fueron dirigidas por el propio Strauss, concluyendo con el rol de Guido Monforte de La ghibellina de Renzo Bianchi, quien dirigió las tres representaciones en el estreno mundial de su obra. De regreso en Milán trabajó enseñanza escénica con Emilio Giraldoni, para luego presentarse en el Teatro Municipal de Marsella, en 1924, como Rigoletto al lado de Mercedes Capsir y Luigi Marini,  y como Scarpia en Tosca  con Carmen Melis, la futura maestra de Renata Tebaldi.

Finalmente debutó en el Teatro Municipal de Santiago de Chile, el 23 de agosto de 1924, como Amonasro en Aida, en una función de gala en honor del Príncipe de Piamonte, Humberto de Saboya. De regreso a Italia tuvo lugar su ansiado debut en la Scala de Milán cantando el rol del Padre en Hänsel und Gretel de Humperdinck, en febrero de 1925, con Conchita Supervía como Hänsel. Cantó en el mismo escenario La traviata, bajo la dirección de Toscanini, así como Aida y La Wally.

En diciembre volvió a Milán para su segunda temporada en la Scala, hasta abril de 1926, cantando Valentin en Faust, ‘Alberico’ en El ocaso de los dioses, ‘Pedro’ en Hänsel und Gretel, ‘Sciakloviti’ en Khovanschina y Manfredo en El amor de los Tres Reyes. La noticia de sus éxitos seguía traspasando fronteras, y el empresario berlinés Robert Salter lo contrató para una extensa gira por Suiza y Hungría, cantando en Berna, Basilea, Zurich y Budapest, entre mayo y septiembre de 1926. Otro hito fue su debut en el Teatro Colón de Buenos Aires como Vescovo en el estreno sudamericano de Fray Gerardo, de Ildebrando Pizzetti, en 1928. Luego cantó una solitaria función de Andrea Chénier el 5 de agosto, con Claudia Muzio y Beniamino Gigli, dirigiendo Tullio Serafin. 

El 16 de diciembre de 1930 debutó en el Liceo barcelonés con Peleas y Melisenda, a la que siguen Rigoletto y El amor de los Tres Reyes. Continuó la temporada en enero con Il barbiere di Siviglia, Andrea Chénier, Tosca y Lucia di Lammermoor. Durante 1932 cantó tanto en la Scala y Montecarlo, como en Buenos Aires. En esta última ciudad participó en el estreno mundial de la ópera La sangre de las guitarras de Constantino Gaito, y pasó a Montevideo para cantar Otello y Pagliacci. Su debut en los Estados Unidos es en la Civic Opera de Chicago el 13 de enero de 1934 con El trovador. Con esa compañía actuó durante nueve temporadas consecutivas, hasta 1942. Volvió a Nueva York y entre octubre y noviembre de 1934 cantó con la Cosmopolitan Opera de Max Rabinoff en el Hipódromo, para realizar luego en Chicago su segunda temporada, con un total de 14 óperas diferentes. Un rol nuevo es el de Basilio en el estreno local de La Fiamma de Ottorino Respighi el 2 de diciembre de 1935, junto a Rosa Raisa, la primera Turandot.

Paralelamente con su actividad en Chicago, debutó en el Metropolitan de Nueva York con un concierto el 12 de enero de 1936, y quince días después cantó allí su primera ópera, La bohème. En el Metropolitan actuaría cinco temporadas, un total de 72 funciones en 13 óperas distintas, hasta la temporada 1940. Testimonio de sus extraordinarias facultades vocales se encuentra en las grabaciones en vivo de Aida, La gioconda, Cavallería rusticana, Andrea Chénier, y La forza del Destino, todas ellas disponibles actualmente en disco compacto, en donde alterna con las grandes luminarias de la época: Zinka Milanov, Giovanni Martinelli y Beniamino Gigli, entre muchos otros nombres célebres.

“Sin embargo, yo quería ir a México –decía Carlo Morelli. Guardaba las tarjetas postales que me llegaban de ese país y los timbres de esas tarjetas. Me atraía más que ningún otro; me parecía exótico y excitante, y anhelaba conocerlo. Cuando llegó el primer contrato para México, me sentí el hombre más feliz”.

 

Figaro
 
tosca Morelli

Fígaro en El Barbero de Sevilla

 

Scarpia en Tosca

 

En 1938, procedente del Metropolitan, llega a México Carlo Morelli acompañado por el tenor armenio Armand Tokatian y el bajo norteamericano James Gourney, para llevar a cabo una magnífica temporada en el Teatro Arbeu. Se cantaron varias óperas, entre ellas Rigoletto; el bello timbre de voz y sus demás cualidades –entre ellas sus excepcionales dotes histriónicas– hacen honor al renombre que Carlo Morelli había adquirido. La temporada fue todo un éxito. Al irse, queda enamorado de México y regresa varias veces, ya sin sus compañeros, hasta que decide, en 1944, no salir más de esta tierra porque ama su cielo, sus flores, sus paisajes. Y sobre todo, ama el amor, que encarnó en la figura de Gilda, su esposa y compañera por casi veinte años.

Instalado para siempre en nuestro país –epítome del moderno hombre renacentista: músico, pintor, intelectual, místico y gourmet–,  a partir de entonces Carlo Morelli fue piedra angular de todas las temporadas de ópera que se llevaban a cabo en los teatros Arbeu, Iris, Nacional, Bellas Artes, Florida en Monterrey y Degollado en Guadalajara, ciudad donde fundó y dirigió la Compañía de Ópera de la Universidad Autónoma de Guadalajara. Como primer barítono cantó más de 40 títulos, entre los que se cuentan Manon Lescaut, La bohème, Tosca, Madama Butterfly, Faust, Il trovatore, Un ballo in maschera, Rigoletto, Otello, Aida, Il barbiere di Siviglia, Andrea Chénier, Cavalleria rusticana, Carmen, Don Carlo y La traviata.

Su extraordinaria longevidad vocal le permitió encarnar una vez más al barón Scarpia en una Tosca que se presentó en el Palacio de Bellas Artes en 1969. No es solamente el deseo de escuchar la tragedia pucciniana lo que congregó a la multitud en este mismo recinto, sino la curiosidad de escuchar nuevamente a Carlo Morelli después de una larga temporada alejado de los escenarios. Cuando entre la masa coral que entonaba el Te Deum surgió el caudal de su voz y se desató una vez más como impetuoso torrente, hasta los más incrédulos hubieron de reconocerlo. Morelli burlaba al tiempo; a los 74 años de edad revivía los lauros de la Scala y del Metropolitan. Al terminar su actuación, miles de manos aplaudieron para consagrarlo como el gran artista de siempre.

Sin embargo, la gloria fue para él sólo un incidente en su carrera. Su verdadera misión –decía él– fue enseñar.  Era feliz formando artistas. Su satisfacción era encontrar voces nuevas en las que poder verter su enorme experiencia, adquirida en los foros más famosos del mundo, y dar rienda suelta a su vocación de maestro y decidido impulsor de nuevos talentos desde las aulas del Conservatorio Nacional de Música.

Apenas cinco meses después de esa gloriosa velada, el 12 de mayo de 1970, se extinguía el aliento terrenal de uno de los más grandes artistas que hayan pisado nuestros escenarios. Pero sus enseñanzas habían fructificado en algunos de sus alumnos más destacados: además de la de Gilda González de Cosío, ayudó a formar las voces de la soprano Alicia Aguilar, del tenor Froylán Ramírez y del barítono Francisco Velasco, entre muchos otros; pero, sobre todo, había transmitido a su esposa el deseo de retribuir la cálida hospitalidad que nuestro país le brindó durante casi tres décadas, así como una firme determinación para lograrlo. “Creo que para conseguir algo –afirmaba el maestro–  sólo hay que desearlo ardientemente; poner la mayor fuerza de voluntad en ello y todas las potencias de la mente y el corazón.”

“Aunque no soy mexicano –decía Carlo Morelli–,  por el cariño y admiración que tengo por México me considero ‘huésped permanente’. Y el mayor ideal que tengo es el de descubrir, alentar y preparar al mayor número de artistas mexicanos para inyectar sangre nueva en las filas de los cantantes operísticos.”

Gracias a Gilda Morelli y a su entusiasmo infatigable, ese anhelo logró cristalizar, desde hace más de 25 años, en la pujante realidad que es el Concurso Nacional de Canto Carlo Morelli, certamen que mantiene viva la memoria de un artista que hoy es, con toda justicia, legendario.